sábado, agosto 12, 2006

DOCTOR FAUSTO Y SU INYECCION ESPECIAL

Un día se miró Luis en el viejo espejo colocado en el baño de su casa. Lo mantuvo tapado hasta ese momento porque el espejo se acostumbró a charlar con él sin ser preguntado, al final terminó insultándolo con “ERES UN IDIOTA” “PERDEDOR” “COMEMIERDA”.
A Luis no le gusta que lo insulten sin razón, mucho menos un espejito de los baratos. Ese día tuvo ganas de saludar al espejo. Le quitó el trapo sucio con el que lo había tapado, se miró y descubrió que el espejo había muerto de soledad. Te lo mereces hijoeputa, pensó triste, no debiste haberle dicho a Luis sus verdades así nomás, sin piedad. Eso estaba pensando cuando descubrió en su imagen reflejada una Excrecencia cutánea mejor conocida como verruga. No es que le importara tanto tener cosas raras en el cuerpo porque las ronchas, , los pelos en partes en que normalmente no debería haberlos, todo eso le daba igual, pero la verruga lo miraba burlona, pegada en la ceja derecha, grandota y sin forma, sólo una masa de carne revuelta, negra y gris. Luis pensó en todos los imbeciles del bar de Pepe, en el tuerto de la tiendita, en las putas que lo masturbaban de vez en cuando, en que nadie le dijo que tenía una verruga en la ceja derecha. Quizás no se dieron cuenta porque están más ocupados con sus miserias que con las miserias de los otros.
Luis salió al frío maldito de Julio. Fue al doctor Fausto. No se llama Fausto, pero como cree que habla con un ente sobrenatural y se siente filósofo, lo bautizaron así sus clientes, es decir, las putas, los borrachos sin plata, mafiositos heridos, prostibuleros con sífilis y Luis, entre otros; todos los que no cuentan con seguridad social, los que están destinados a morir como perros. A Fausto hace tiempo que le quitaron la licencia de doctor por violar pacientes, ya fueran hombres o mujeres, colocándoles antes del ultraje una inyección de algo que nadie sabe cómo se llama pero que deja a cualquiera fuera de este mundo por un par de horas. Por eso saben los que visitan a Fausto que no deben dejar que les inyecte nada, ni en plan de emergencia.
Llegó a la sucia puerta del departamento de sótano del doctor violador. Toc toc, ¿quién?, soy yo... sonidos de candado que se abre, entra rápido que hace frío. Fausto está desnudo, sudando, del viejo tocadiscos sale música chicha.

Entra, no te dejes asustar por mis veinte centímetros, son indefensos.

Luis se queda de pie, es preferible estar de pie, nunca se sabe, además los veinte centímetros flojos del doc intimidan a cualquiera.
Bueno, primero paga y después pregunta lo que quieras, ya sabes, a Hipócrates me lo paso por el culo, así que no intentes darme lástima.
Es cierto, en el vocabulario de Fausto no existe la palabra lástima. Luis saca sus veite soles, los coloca sobre la mesita sucia del centro de la sala, luego le pregunta al doc mostrándole la verruga que qué se puede hacer.

Debo operar, dice fausto, la operación dura unos minutos y la anestesia es local, algo rápido y rutinario, pero la anestesia cuesta extra, ¿o lo quieres así, en carne cruda?

Luis alguna vez se interesó por el masoquismo y la caricia brusca pero una operación en su ceja a golpe de dolor puro no es lo suyo. No doc, me voy, quédate con la plata, nos vemos otro día, le dijo y se dirigió a la puerta levantando los hombros.
Te recomiendo la operación porque la verruga va a crecer, apenas comenzó a mostrar lo que puede y algún día te será difícil abrir el ojo o leer, muy pronto.
El puto doc tenía razón. Lo que más le jodía era saber que no podría leer su queridos libros en el futuro, lo único que aún le provoca gozo humano.
Doc, no tengo plata para la anestesia, así que opera rápido.
Fausto lo mira con ojitos tiernos.
Te puedo operar sin dolor, le dice cerrando un ojo, coqueto, pero la anestesia sería general, ¿te coloco una inyección?
Puta madre, eso lo sabía Luis, que algo no saldría bien, pero el dolor es una de las cosas que no soporta y presiente que el destino lo quiere joder con esa situación. Es dueño de su destino, por eso decide jugarle una mala partida.
Está bien, inyéctame, pero sé cuidadoso, tú entiendes lo que quiero decir.
Naturalmente, le responde Fausto mientras prepara una dosis de liquido amarillo en una jeringa de cristal, enorme y gorda, terminando con la típica salpicada de gotitas.
Luis no puede apartar la mirada de los veinte centímetros flojos del doctor y prefiere no imaginarse el tamaño duro que va a tener. El piquete no duele. Antes de caer en la oscuridad mira una última vez los veinte centímetros flojos, piensa en la operación para sacar la verruga, y se alegra que todo suceda sin él.

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